En su huida, Nayarit fue la primera escala. Germán había pensado quedarse en casa de sus padres en San Juanito o por lo menos en un poblado cercano, pero la furia de la familia de Margarita los alcanzaría. A sus recién cumplidos diecinueve años, decidió responder como hombre y “robarse a la novia” quien tenía un embarazo de cinco meses, difícil de esconder a las miradas inquisitivas del pequeño pueblo donde vivían. Días atrás, ella le exigió cumplir su promesa de matrimonio, estaba desesperada por su respuesta, no podía seguir fajando su vientre o cubriéndose con el rebozo, mucho menos explicar a sus padres Cesáreo y Felícitas que había deshonrado a la familia; tenía miedo de las consecuencias, de las habladurías, de quedarse sola. En el rancho “La Joya”, ubicado en Magdalena Jalisco, los preceptos religiosos regían hasta los más insignificantes actos de la vida. Ella no podía dejar de pensar que se encontraban en el pecado mortal más difícil de perdonar, especialmente, a una mujer nacida en una fervorosa familia.
Ante lo urgente de la situación, atrás quedaron las miradas de reojo que ambos se dedicaban en la misa del domingo, toda una proeza en una iglesia dividida en bancas solo para hombres o mujeres, también las sonrisas mutuamente regaladas al cruzarse en la plaza del pueblo, ¿conversar? -ni pensarlo- estaba terminantemente prohibido que una muchacha de familia hablara con un hombre, pero el amor siempre encuentra su camino.
Germán descubrió que Margarita dormía cerca de una de las paredes del jacal de su familia. Tal vez animado por unos caballitos de tequila que tomó en la cantina del pueblo, reunió el valor suficiente para caminar hasta ahí una noche de luna llena. Se hubiera conformado con pararse cerca y pensar en ella hasta el amanecer, pero de pronto tuvo una idea. Tomó la vara que llevaba para espantar los perros y la metió entre los troncos que formaban la pared, de tal suerte que logró despertarla. Margarita, sorprendida, se asomó tímidamente por la ventana reconociéndolo, su corazón palpitó con rapidez cuando él -con ademanes- le pidió que saliera. Aquel muchacho alto, de ojos azules y cabello rojizo tenía la sonrisa más cautivadora que había visto, sin pensarlo, adormilada todavía, tomó su rebozo; con pasos descalzos se acercó a la puerta, antes de abrirla se detuvo un momento para alisarse el cabello y limpiarse la cara, tomando conciencia de que vería a Germán, el muchacho que le gustaba. La preocupación por despertar a sus padres se desvaneció una vez que la brisa de la noche la acarició completa, de golpe, así como el amor.
Se encontraron debajo de un árbol, platicando por vez primera, abrigados por la luz de la luna, a salvo de indiscreciones, solo el silencio del pueblo dormido los acompaña. Ninguno olvida aquella noche, ella temblaba, pero no sabía si era por el vientecillo de la madrugada o por sentirlo cerca. Hablaron como si se conocieran desde siempre y tuvieran pendiente una larga conversación, sin embargo, sus miradas estaban dispersas, temiendo que al encontrarse sus ojos delataran ese intenso sentimiento de atracción que aún no entendían del todo. Cuando Germán rozó como por error sus dedos, Margarita se estremeció, pero no apartó la mano, ambos fingieron que aquello no pasaba, sintiendo la calidez del otro tan cerca que sus aromas se mezclaban. Pero los sueños agradables no duran para siempre, el amanecer está cerca, su madre pronto se levantaría a preparar el café para su padre y a echar las primeras tortillas del día, de masa de maíz que al inflarse inundan la casa con su aroma delicioso. Tienen que despedirse, él le promete volver, ella salir, corre descalza a casa hasta perderse detrás de la puerta.
En los siguientes meses, los encuentros nocturnos continuaron, Margarita tenía entonces dieciocho años y unos ojos verdes enamorados que no pasaron desapercibidos por su hermano Marcos. Una noche, como de casualidad, pero lleno de sospechas, decidió dormir en la cama de ella. A pesar del miedo a ser descubierta, obedeció sin cuestionar cuando la envió a otra habitación, ordenando a Obdulia, su hermana menor, que le hiciera un lugar en el catre. Es 1933 y en ese tiempo las mujeres no cuestionan las decisiones de los mayores, menos todavía si se trata de un hombre.
Margarita estaba tan nerviosa que no podía dormir, hacia horas que su madre había apagado el quinqué cuando escuchó a Marcos maldecir y salir corriendo del jacal; se quedó quieta, fingiendo un sueño profundo, imaginó a Germán tratando de despertarla, encontrando -en lugar de su enamorada- la furia del hermano mayor, quién pistola en mano, corrió tras él mientras se perdía en la oscuridad, dándole un susto de muerte.
La frase involuntaria de Germán al descubrir la ausencia de su amada se quedaría para siempre en la familia, los hijos adultos a la distancia la repetirían entre carcajadas a la más ligera provocación, pero nunca frente a su madre: “Ayyy…perdón, yo pensé que era Margot”. Jamás supe su significado hasta ahora que escribo esta historia, pues al ser parte de la tercera generación, el origen nos era vedado, pero como suele suceder, los niños terminan uniendo las piezas de lo que escuchan, armando el rompecabezas hasta descubrir los secretos que las familias guardan entre paredes.
Por si acaso, Germán no se acercó a la casa de Margarita durante algunas noches, dejando que la ira de Marcos culpara a algún bromista del evento nocturno. La lejanía no duró mucho tiempo, su deseo de verla era una fuerza implacable que crecía, lo dominaba por completo, hasta que llevó -otra vez- sus pasos a los árboles cercanos al jacal. Extrañaba tanto su aroma a flores frescas, sus rubias trenzas, sus besos de labios tímidos y delgados, las cálidas sensaciones que poco a poco los llevaron a descubrir el lenguaje sin palabras del amor, ese que los hizo perderse en el cuerpo del otro, al seguir, sin remedio, el llamado ancestral.
La mañana después de la huida, al no soportar la pena de sus padres, Obdulia tuvo que confesarles que Germán Hernández “El músico de San Juanito” se había robado a Margarita. El silencio se apoderó de la pequeña casa, cuando Cesáreo, lleno de ira prohibió que se volviera a mencionar el nombre de la hija pródiga, que antes le llenaba de orgullo, pero ahora le colmaba de vergüenza, su madre solo bajo la mirada para ocultar las lágrimas.
Crescenciano “Chano” Hernández Chávez nació en 1934, el mismo año que Giorgio Armani, Manuel Noriega, Brigitte Bardot, Carl Sagan, Yuri Gagarin, Eric del Castillo, Rubén Aguirre, Paco Rabanne, Gabriel Zaid, Shirley MacLaine y José Luis Cuevas entre otros, que serían personajes memorables de la ciencia, la televisión, el arte, la moda y la política, sin embargo, él llegó al mundo sin glamour en el Mineral de Compostela, Nayarit; después de un fatigoso parto que duró tres días. El bebé era muy grande para la pelvis primeriza de Margarita, así que las dificultades empezaron a surgir con el paso de las horas.
Exactamente, en el momento en que la partera los daba por perdidos y Germán se preparaba para cabalgar a Tepic en busca de un doctor, se escuchó el llanto de su primer hijo. Entonces se dio cuenta, su vocación de músico tendría que esperar, ahora era hombre de familia, el muchachito enamorado nació al mismo tiempo que su hijo, pero como un adulto recién inaugurado. La primera decisión qué Germán tomó fue guardar para un mejor momento la guitarra que aprendió a tocar solo, también el violín que construyó con ternura de ebanista. Había un amor más grande por delante y era su deber asegurarse que, a pesar de su modesta situación, a Margarita y su hijo no les faltara nada.
Esta fue la primera vez que su vocación se quedaría congelada en el tiempo, aunque no tardó en cambiarla por un sueño: el de tener su propio rancho. Después del nacimiento de “Chano”, Germán empezó a trabajar en la mina de Compostela como barrenador mientras Margarita se dedicaba a las labores de la casa y a cuidar al bebé. Ahora con el hijo en brazos, entendía mejor a su madre y empezó a planear la manera de ganarse su perdón y estar en paz con Dios.
La ocasión llegó cuando un conocido fue al rancho de La Joya, Margarita decidió acompañarlo para intentar ver a su madre. Ella no lo sabía, pero este hecho -junto a otro que vendría después- cambiaría el destino que había imaginado. Cuando Felícitas conoció al bebé, los perdonó inmediatamente y le dijo también que su padre solo podría dejarla entrar a la casa familiar si llegaba casada por las dos leyes: la de Dios y la de los hombres. Cesáreo, creía en el nuevo gobierno emanado de la Revolución y en el progreso que traería a México, por tanto, sus convicciones le llamaban a la congruencia y su hija tenía que contraer un inusual matrimonio civil, en un lugar donde la iglesia todo lo domina.
Los días pasaron, pronto, los preparativos de boda se convirtieron en la fecha esperada. Germán Hernández y Margarita Chávez, quienes serían casi cuatro décadas después mis abuelos maternos, se casaron en la iglesia de “La Joya” en 1935. La boda fue sencilla, vestían ropa de diario y los acompañaba Felícitas, responsable de atestiguar el hecho y negociar, posteriormente, el perdón paterno.
Recuerdo una fotografía tomada ese día, de color sepia a fuerza de tiempo; estaba guardada en un cajón del viejo ropero de dos lunas de mi abuela, aun así, no se mantuvo a salvo de mi curiosidad infantil. A los cinco años, en ella ví que los recién casados no sonríen, miran fijamente la cámara con ojos azorados, llenos de miedo. Supongo que se debe a que el paso siguiente no era una fiesta, sino la ceremonia del perdón en casa de Margarita. Imagino a mis abuelos, unos jóvenes de veintiuno y veinte años, respectivamente, entrar en la modesta casa siguiendo a Felícitas, quien declara solemne que la honra ha vuelto a la familia. Los antes pecadores se hincan frente a Cesáreo, quién imponente en su papel de patriarca, los reprende con dureza antes de darles la bendición, para tranquilidad de todos, han cumplido.
Por un tiempo, la vida de mis abuelos transcurrió sin sobresaltos, pero el siguiente acontecimiento ya se estaba fraguando en las profundidades de la mina de Compostela.
El día parecía normal, como cualquier otro, sin embargo, en unos segundos cambiaría. El capataz, dos exploradores y Germán llegaron al fondo del túnel lateral, rústicamente apuntalado, para realizar una explosión controlada.
Los exploradores hacen perforaciones en la roca, rodeados de sombras oscilantes. Hace tiempo que le perdió el miedo a la penumbra, a ese remedo de iluminación azul que emana de la vieja lámpara de seguridad. En las profundidades de la mina, los temores son otros: derrumbes, gases tóxicos, explosiones; prefiere no pensar en ello mientras extiende las mechas del cartucho de dinamita; le recuerdan a las trenzas de su esposa, al largo cabello que huele a jabón y brilla a la luz del sol, esa que aquí no llega, que le deslumbra al subir al brocal de la mina.
Aturdido por el inesperado estruendo, no sabe cómo inició el caos, caminaban bromeando hacia la boca del túnel, cuando el atronador quejido de la tierra los alcanzó, que, herida por la carga de dinamita, se desperdigaba en la oscuridad, golpeándolos. “Esto no debería pasar, el explosivo no debía estallar todavía” pensó mientras se sentía expulsado hacia el túnel principal, con el olor a pólvora quemada llegó también la certeza: “Ya no importa si la explosión se debe a un golpe, chispa involuntaria o error humano, ya no importa -se repite con tristeza- el resultado será el mismo”. Cierra los ojos lo más fuerte que puede, su cuerpo desmadejado continúa su caída, ahora por el túnel principal, ese donde cada mañana sube a la jaula para bajar a la mina.
Germán, al sentir el viento en la cara y el olor a pólvora que penetraba su nariz, tuvo conciencia de la forma en que se impulsaba su cuerpo, arqueado, cómo en cámara lenta, diríamos ahora, pero en la tercera década del Siglo XX las personas que viven en los pueblos alrededor de la mina no conocen el cine y lo que ese movimiento significa. En su trayecto incontrolable, siente las minúsculas partículas de polvo alrededor del cuerpo, juntos se precipitan por el túnel principal. Trata de protegerse la cabeza con los brazos, pero las piedras siguen golpeándolo; en la oscuridad sabe bien hacia dónde va, hacia la caldera, el duro suelo de la mina.
En su incontrolable caída, piensa en su esposa y sus hijos, son tan pequeños; “Chano” tiene dos años y Luis unos escasos meses, “¿qué será de ellos sin padre?”. Las lágrimas le humedecen los ojos -suspira- recuerda a su esposa de apenas veinte años. En su mente ella le sonríe con sus ojos verdes mientras carga al bebé. No quiere dejarlos solos, dependen de él. La imagina peinada con sus trenzas rubias, como la encuentra cuando llega del trabajo, a un lado del fogón cuidando los guisos en ollas de barro, rodeada del místico aroma de tortillas recién hechas.
Añora su casa, la añora a ella, en su mente dice su nombre despacio: M-a-r-g-a-r-i-t-a, trata de aferrarse a su mirada, como si así pudiera parar el violento trayecto que le sacude. ¿Qué va a hacer sola con los niños? ¿Regresar a la casa de su madre? ¿Volverse a casar? No quiere eso, quiere sentir su abrazo cada noche, escuchar su carcajada sonora de arroyuelo, ver crecer a sus hijos. No quiere morir, no así, destrozado en la caída, lo único que queda es rezar, implora a Dios clemencia, se aferra a su fe pidiendo a la Virgen de Zapopan lo rescate: “Virgencita querida -promete- si me ayudas a salir vivo de esto, te prometo que mi mujer y yo iremos a tu iglesia con nuestro hijo mayor a llevarte cincuenta pesos de limosna”. Ni bien había terminado la oración, cuando la milagrosa Virgen sacó un poste de la caña de la mina; el cual, con milagrosa exactitud entró por la pernera de su pantalón deteniendo la caída. El corazón le latía en las sienes cuando sus manos en la oscuridad se aferraron a los cables de la jaula y respirando ansioso, empezó a deslizarse por ellos. Ahora tenía una deuda con la Virgen, sus oraciones habían sido escuchadas, detener la caída era lo más difícil y estaba hecho por el poder divino, ahora a él le tocaba el resto, no importaba el dolor de las manos descarnadas por la fricción de los cables. Él si podría volver a casa, desafortunadamente, sus compañeros no.
En el pueblo, las noticias corren rápido, Margarita se entera en el río del accidente de la mina, deja a sus hijos con la vecina y corre desesperada hacia el brocal. Ahí se han reunido ya otras mujeres que igual que ella, esperan noticias de sus hijos, hermanos y esposos. El temor se respira con el resquicio de la pólvora y la espera es una losa sobre el pecho que no la deja respirar, cada minuto que pasa es una agonía. De pronto lo ve subir en la jaula, sucio, con golpes, con las manos lastimadas, pero vivo. Corre a abrazarlo a celebrar su segundo nacimiento, Germán solo le dice: “Me salvó la Virgen”.
Una vez recuperado, no quiso regresar a trabajar en la mina a pesar de que el nuevo capataz le ofrecía un aumento considerable de salario. Prefirió elegir la vida y desempolvar su sueño de tener un rancho, con la indemnización recibida compró boletos de tren para irse al norte a probar suerte. Había escuchado en las cantinas que la vida ahí era mucho mejor, que había extensiones de tierra sin nombre y sin dueño que reclamaban pertenencia, cualquier hombre podía empezar de nuevo.
Margarita no quería dejar a su familia, especialmente a su madre y su hermana menor Obdulia, pues Cesáreo había fallecido y se quedarían desamparadas, sin embargo, como mujer casada su deber era seguir a su marido. Muchas penurias pasaron, los hijos siguieron llegando; a “Chano” y Luis, se unieron Carmen quien fue la primera en nacer en Mexicali Baja California en 1938; María Elena, mi madre; Antonio, Aurelio y José en su acta de nacimiento, pero llamado Benjamín en la familia.
Germán inició incontables ranchos que no prosperaron como esperaba, sus ansias de explorador y aventurero le asfixiaban cuando lograba establecerse en algún lugar y se imponía los deberes de la vida cotidiana. Pensando que habría algo mejor arrastraba a la familia a una nueva aventura, dejándolos -por largas temporadas- solos a su suerte, mientras él y su alma de pionero encontraban el paraíso prometido.
Con los años y su elocuencia logró convencer a su familia y a la de Margarita -quienes todavía vivían en Jalisco- que migraran a Baja California, donde se reunieron de nuevo, sin embargo, al paso de los años, ella se cansó de las promesas sin cumplir y ya no quiso empezar otra vez con aquel sueño desgastado; además terminó por confirmar sus sospechas: su esposo tenía otra familia, en la que había procreado tres hijos más: Rodolfo, Manuel y Germán. Decepcionada, Margarita decidió quedarse con sus hijos en Mexicali, en una casa de adobe cercana a la frontera, entonces, ya habían nacido Isabel y Martha, las hijas menores, rubias como el sol de la mañana, los otros habían crecido y empezaban a trabajar en lo que podían, pues no habían terminado la primaria, como le pasa a muchas familias que migran, debido a la continua movilidad y a la pobreza en que vivieron por largos periodos.
Durante su madurez, Germán no dejó de recorrer Baja California como si le perteneciera, haciendo casas en casi todos los municipios y dejando a sus parientes anclados a ellas. Hasta sus últimos días nunca abandonó el sueño de tener un rancho, desafortunadamente, no se quedó lo suficiente en algún lugar para tener la prosperidad que soñaba, salvo ya entrado en los sesenta años cuando fundó el ejido “Luchadores del Desierto”, ubicado en los terrenos de lo que era la “Laguna salada”, antes de entrar a la sierra de “La Rumorosa”. Ahí se estableció encontrando por unos años la tranquilidad que ya necesitaba.
Lo recuerdo como un hombre bondadoso, simpático y risueño; de abundante bigote que se teñía las canas de color rojizo, usaba siempre sombrero de palma y hablaba “con las manos” enfatizando sus historias. Cada año regresaba a casa para festejar el cumpleaños de mi madre, entonces los hijos se reunían, tocaban la guitarra, compartían recuerdos y cantaban hasta la madrugada en la casa al borde del camino, que heredó de los sueños de Germán el nombre de “El Rancho”. Quizás, nunca tuvo el rancho que quería, en su lugar, abrió brecha para muchas personas que se establecieron en esta tierra. Su mayor logro se ubica en el municipio de Ensenada donde fundó el poblado Camalú; aquí la calle principal lleva su nombre y un puñado de parientes siguen celebrando -como él- la vida cada mañana.